MCCED – Episodio 2.
Intenté levantar las comisuras de mis labios con más gracia, temiendo ponerme rígida bajo la opresiva atmósfera de la oficina. Cada vez que sonreía con gracia, mi madre a menudo suavizaba su expresión, justo como ahora.
“Sí, te llamé para ver tu cara de antemano, ya que mañana estaré demasiado ocupada para poder despedirte. Nunca antes he podido despedirte como es debido, y siempre me siento mal por ello.”
“No, madre, sé que estás ocupada. Pero no sabes cuánto me alegra que te preocupes por mí de esta manera.”
Incluso cuando mi hermana y mi hermano mayores entraron en la escuela, Madre nunca los despidió por separado. Habría sido aún más vergonzoso si me hubiera despedido personalmente cuando solo regresaba después de las vacaciones de verano.
El ceño ligeramente fruncido de mi madre se suavizó al oír mis palabras. Sin embargo, en cuanto sacó la nueva carpeta, su expresión volvió a la normalidad. Después de un momento, mi madre miró los papeles, dejó el bolígrafo y suspiró.
“Sé que te encargarás de todo por tu cuenta, Larissa. Aun así, no puedo evitar decirte algo.”
Supongo que se refiere al hechicero oscuro, ¿verdad?
Intenté disimular mi nerviosismo tensando y aflojando la mano que tenía escondida en la manga.
“Este año, la repugnante descendencia de un ser demoníaco se transferirá a tu mismo grado.”
“Lo vi en el periódico.”
“Confío en ti, ¿lo sabes?”
Tragué saliva con dificultad y asentí con una sonrisa radiante.
“Por supuesto. Ni siquiera me acercaré a él. Un hechicero oscuro, solo de imaginarlo es espantoso.”
Mi madre pareció satisfecha con mi respuesta y, finalmente, tras decirme que le escribiera una carta si pasaba algo, volvió a su trabajo. Fue un alivio que la reunión fuera corta. Apretando mi estómago revuelto y, deseando fervientemente no encontrarme con nadie, me dirigí a mi habitación.
Esta vez, afortunadamente, Dios respondió a mis oraciones y pude volver a mi habitación sin chocar con nadie.
Las cinco maletas que me llevaría conmigo al tren con destino al Imperio al día siguiente estaban ordenadamente apiladas a la derecha de la cama. Las miré y luego me desplomé desganadamente sobre la cama.
Siempre sentía náuseas cuando estaba nerviosa. El día antes de ingresar a la academia, me sentí mal del estómago y vomité todo lo que había comido. Sin que mi familia lo supiera, estuve gimiendo toda la noche. A la mañana siguiente, estaba pálida y estaban preocupados, preguntándose si la ansiedad me había quitado el sueño.
¿No sería mejor echarme una siesta para calmar los nervios? Si dormía ahora, no podría volver a dormir esta noche.
Contrariando mi deseo de despertar, mis párpados se cerraron lentamente.
* * *
Mis sueños fueron inquietantes.
El viento me azotaba la mejilla se mezclaba con polvo y el cielo antes despejado se convirtió en un yermo desolado. Debajo, un par de piernas corrían implacablemente por el suelo.
Mientras corría por un interminable pasillo, un paisaje que parecía una red pasó rápidamente. El único sonido era el de pasos. Ni el dobladillo rasgado de mi falda ni el aliento, que me subía hasta la garganta, pudieron detenerme. Mi precaria carrera, al borde del colapso, se detuvo cuando la manecilla del reloj dio el mediodía, seguida del repique de la campana de la Torre del Reloj.
Conteniendo la respiración entrecortada en mis labios, miré hacia la Torre del Reloj al otro lado del pasillo.
La enorme Torre del Reloj, visible desde cualquier punto del Gran Ducado, era el orgullo y símbolo del Gan Ducado de Varona. Incluso estando lejos, en el momento en que pisaba el Gran Ducado, la Torre del Reloj se veía de inmediato, recordándome que había vuelto a casa, por lo que era un símbolo que naturalmente me daba tranquilidad.
Ahora se estaba desmoronando.
Las manecillas caídas del reloj resonaron en el suelo, como burlándose de mí por haber oído sonar la campana. Bajo mis ojos temblorosos, un viento amenazador me rozó la mejilla y sentí como si volviera a escuchar el sonido de la campana. Me sobresalté, como si alguien me hubiera gritado al oído.
‘No tengo tiempo para esto.’
Eché a correr de nuevo. Mi fino cabello dorado ondeaba como olas al compás de mis pies que corrían. Mis ojos seguían fijos en la Torre del Reloj que se derrumbaba. Tosí debido a la espesa capa de polvo.
Corrí sin descanso, obsesionada con la necesidad de escapar, sin saber de qué estaba huyendo. Aunque las fuerzas me fallaban y mi cuerpo temblaba violentamente, mis piernas seguían golpeando el suelo, pero a medida que estaba a punto de salir pasillo, mi ritmo se ralentizó gradualmente. La cabeza me dió vueltas. En cuanto me di la vuelta, una sombra oscura apareció en mi campo de visión.
Abrí los ojos de par en par. Me mordí el labio y eché a correr de nuevo. Sin embargo, pronto no tuve más remedio que detenerme debido a la sombra que se alzaba repentinamente frente a mí. Otro par de pasos resonaron en el pasillo trasero, por donde había estado corriendo sin descanso. El sonido de zapatos impecables.
“¿Por qué, por qué razón…?”
Una inexplicable sensación de traición me inundó el pecho. Una sensación de impotencia, de no saber hacer otra cosa que huir, me ató las extremidades.
Mi consciencia, que había estado absorbiendo el resentimiento y la ira que se dirigían hacia alguien sin saber quién era, se volvió borrosa de repente. Me obligué a darme la vuelta. La silueta de la persona que se acercaba a mí era oscura. Y finalmente, se desdibujó.
Mis párpados se estremecieron. La luz del sol se deslizaba perezosamente sobre la cama y luego se filtraba, acumulándose en mis párpados. Di vueltas en la cama, evitando que la luz del sol me hiciera cosquillas. Mi larga melena rubia, se deslizó y resbaló, cayendo hacia abajo, como hilos de plata.
Una risa suave me hizo cosquillas en la oreja, a mi lado.
En el momento en que mis párpados se levantaron pesadamente, una voz refrescante y juguetona como un hada me llamó.
“Hola, Lari. Buenos días, ¿eh?”
Mi mirada medio aturdida se dirigió hacia la cabecera de la cama.
El hombre fresco y apuesto sentado al borde de la cama sonrió, con los ojos entrecerrados.
Lo miré fijamente con la mirada perdida. Quería preguntarle desesperadamente quién era, pero por alguna razón, mis labios no se movían fácilmente. Quizás era la imagen residual de la luz distorsionada por lo que me era imposible distinguir si era un sueño o la realidad. Mientras dudaba, su expresión cambió de manera extraña.
“¿Larissa?”
O quizás sea por su apariencia tan hermosa, que casi me dejó sin palabras.
Su larga y suelta cabellera negra colgaba como hebras sobre la cama, y sus ojos azul pálido, tan transparentes como fragmentos de vidrio, parecían penetrarme. Su piel, como si nunca hubiera visto la luz del sol, era cristalina, y su rostro estaba bellamente delineado. Sus labios, que emitían un agradable tono grave, eran de un rojo intenso, y su mirada, mirándome desde arriba, era tan seductora como la de un gato. Parecía como si unos ojos, nariz y boca hermosos hubieran sido cincelados en un rostro de contornos hermosos y era tan cautivador que parecía perfecto.
El problema era que no podía identificar a este hombre guapo hombre, que estaba justo al lado de mi cama.
Cuando abrí los labios, una sonrisa volvió a aparecer en su rostro.
“¿Sabes cuánto me reí cuando escuché que te golpeaste la cabeza con el lomo de un libro mientras intentabas sacarlo de la estantería? Salí y volví a entrar. ¿Te duele la cabeza? ¿Estás bien, querida*?”
(N/T: *아가씨 (agassi) significa «señorita», «jovencita» o «doncella» en coreano. Se utiliza para dirigirse a mujeres jóvenes, solteras o cuyo nombre se desconoce, siendo común en lugares públicos como restaurantes o para dirigirse a la hermana menor de un esposo. También puede referirse a la hija de un noble o señor en contextos históricos.)
Mi mano, que intentaba distraídamente alisarme el cabello, se detuvo en el aire.
‘¿Querida? ¿Quién? ¿Yo?’
Él se rio entre dientes, quizás interpretando mi mirada vacía.
“Claro que debe doler. Deberías haber dejado que alguien más lo hiciera. Hay tanta gente alta por ahí, ¿por qué te ofreciste como voluntaria? ¿En qué pensabas, Lari? ¿Cuánto crees que mides?”
Bajo su tono suave pero sutilmente cortante, acechaba una calidez oculta. La sonrisa que adornaba su rostro, que contradecía la dureza de sus palabras, era una sonrisa dulce, como si estuviera contemplando algo de un valor incalculable, algo que me hacía palpitar el corazón con solo mirarlo.
“¿Quién es…?”
“¿Eh?”
Y entonces su sonrisa se rompió.
Recelosa del hombre cuyo rostro sonriente se había quedado rígido, levanté con cautela la parte superior del cuerpo. Con cuidado, tiré de la manta y cubrí mi cuerpo. Mi recelo llegó demasiado tarde para mostrárselo a ese desconocido que había esperado a que me levantara e incluso me había saludado con un «buenos días», pero nadie tuvo la presencia de ánimo para señalarlo.
“¿Quién es usted?”
Mientras hablaba, vislumbré el dormitorio. Por un momento, me quedé sin palabras. El dormitorio, decorado con toques de verde lima, era sin duda mi estilo, pero este no es mi dormitorio. Estaba completamente perdida en un entorno desconocido.
Y entonces el hombre…
El hombre, que me había estado mirando fijamente, se levantó de repente.
“¡Lavender! ¡Un médico! ¡Llama al médico!”
¡Algo le pasa a Larissa!
El hombre, abriendo la puerta de golpe, gritó.
* * *
“Es amnesia.”
El médico, llamado apresuradamente por insistencia del hombre, bostezó y pronunció su diagnóstico. Fue un diagnóstico que dio justo después de escuchar la explicación de la situación y preguntarme mi edad. El hecho de que estuviera relamiéndose los labios, me dió la impresión de ser poco fiable, pero su diagnóstico fue bastante firme.
¿Amnesia?
Yo, que había respondido que tenía dieciocho años según recordaba, el hombre no identificado y la mujer de mediana edad de aspecto cálido que había llamado al médico, todos se quedaron quedamos paralizados en su lugar. El único que parecía relajado era el médico.
El hombre agarró al médico con desesperación.
“¿Amnesia? ¿Hay alguna manera de solucionarlo? ¿Algo que se pueda hacer?”
“Los recuerdos no son algo que se pueda recuperar fácilmente solo porque los hayas olvidado, Maestro. Si así fuera, no estaría aquí y no sería reconocido como el mejor médico del Reino.”
Me sentí como si estuviera viendo una farsa.
Me encogí ante las palabras innecesariamente firmes del médico. El hombre sacudió al médico, insistiendo en que debía haber una solución.
‘¿Amnesia? ¿Yo?’
Frunciendo el ceño, intenté evocar los recuerdos que había olvidado. Pero por mucho que lo intentara, mis recuerdos permanecían atrapados en el momento en que tenía el estómago revuelto y luego me había quedado sumida en un profundo sueño. Conté las maletas que llevaría en tren a la academia al día siguiente y me quedé dormida. Y entonces tuve un sueño extraño.
‘¿Eh? ¿Qué era ese sueño?’
Antes de que pudiera recordar, la mujer de mediana edad habló.
“Señora, dijo que tenía dieciocho años, ¿verdad? ¿Recuerda algo más?” (Lavender)
“¿Señora?”
Me desconcertó el título desconocido.
‘¿Señora? ¡Todavía no estoy casada!’ – La boca que iba a hablar se cerró de golpe. La habitación desconocida y la gente que me rodeaba me intimidaban.
Reflexioné sobre la pregunta de la mujer y respondí con cautela.
“Estaba haciendo las maletas para ir a la academia.”
Recordando el día anterior, me aferré distraídamente a la manta. La mujer de mediana edad, que me había estado mirando, parecía confundida, luego se hizo a un lado y trajo un espejo. Lo puso en mi mano y sonrió cálidamente.
“Me llamo Lavender, señora. Puede llamarme Lavender como le resulte más cómodo.”
Asentí en señal de agradecimiento y, al mirarme en el espejo, me quedé boquiabierta.
El reflejo en el espejo era, sin duda, mi propio rostro. Bajo las comisuras de mis ojos, había unos ojos dorados que parecen descoloridos, y una expresión que refleja timidez y pérdida de confianza. Mi tez estaba pálida, pero también me resultaba sutilmente desconocida. Mi rostro, antes juvenil, se había refinado, convirtiéndose en uno claramente adulto. Las líneas maduras de mi rostro me resultaban desconocidas. Me acaricié la mejilla y la mujer del espejo hizo lo mismo.
Ambas parecían asombradas.
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