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El Camino de las Almas | Capítulo 1 —Nieve

Capítulo 1. Nieve

Ella nunca había notado que los bosques nevados eran tan silenciosos.

Los copos de nieve, fríos y suaves, se posaban sobre su rostro mientras avanzaba con dificultad por la nieve casi congelada. Agradecía a los dioses por las botas que llevaba puestas, las cuales había robado, pero que cumplían con su función. La nieve era profunda, pero fresca, por lo que no resultaba un problema grave; caminar no era complicado por la nieve, sino por el cansancio que la invadía. 

Durante media hora, había estado haciendo todo lo posible por ignorar el dolor agonizante que sentía en su brazo. El ardor era tal que parecía quemarla desde las profundidades de la séptima capa del inframundo. A pesar de todo, sus lánguidas piernas seguían moviéndose, como si su cuerpo hubiera dejado de obedecerla y actuara sólo por instinto. Un líquido caliente resbalaba por la manga de su uniforme, dejando un rastro de sangre detrás. Era tan oscuro que no podía calcular cuánta sangre estaba perdiendo, pero sabía que estaba allí. Estaba en problemas, sin duda, y debían resolverse de inmediato si quería sobrevivir en aquel bosque.

En primer lugar, se estaba desangrando a un ritmo lento pero implacable. Buscar tratamiento en medio de ese bosque no era una opción sensata; no sólo porque no había nadie cerca para ofrecerle ayuda, sino porque, ¿quién querría hacerlo?

Las personas que la seguían, desde luego, no lo harían. Ellos eran los que la habían herido en primer lugar. Y ahí surgía su segundo problema: estaba siendo cazada, como un conejo en un coto de caza. Aparte del viento que silbaba entre las ramas de los árboles, podía oír sus pasos detrás de ella. Intentaban moverse en silencio, pero en el lúgubre y sepulcral silencio del bosque, eso resultaba imposible.

¿A qué distancia estaban? ¿Veinte? ¿Treinta? ¿Cincuenta metros? No lo sabía con certeza. En otro momento, habría podido calcularlo, pero su mente no funcionaba con claridad. Sin embargo, la distancia no importaba demasiado; aunque estuvieran al otro lado del continente, seguían siendo una amenaza. Eran el tipo de personas que matarían a su propia familia por una bolsa de dinero.

No quería adelantarse a sacar conclusiones precipitadas, pero sus pensamientos estaban llenos de confusión.

“Por los dioses, ¿en qué estoy pensando?”, se preguntaba. El brazo herido comenzaba a sentirse cada vez más pesado, y el dolor se había vuelto omnipresente. Todo su cuerpo dolía. “Bueno, eso ya lo dije, ¿no?”, pensaba, dudando de su propia lucidez. Estaba perdiendo la cabeza, víctima de sus propias trampas mentales. Sentía como su cabeza daba vueltas y empezaba a preguntarse si todo estaba realmente tan oscuro o si era solo ella. Además, respiraba con dificultad, como si alguien estuviera asfixiándola.

Estaba agotada, herida y deseaba, por un instante, simplemente acostarse. Quizá su mente intentaba mantenerla despierta lanzándole preguntas irrelevantes. “¿Desde cuándo los gremios de asesinos tienen reclutas en un lugar tan remoto? ¿Cómo lograron encontrarme tan rápido?”, se preguntaba, pero sabía que divagar no la llevaría a nada. Debía concentrarse.

No recordaba con exactitud cuándo había comenzado ese bizarro juego del gato y el ratón, pero se permitía un leve orgullo al recordar que había logrado eliminar a algunos de sus perseguidores. Que una mujer herida pudiera enfrentarse a un grupo de asesinos debía de ser una gran vergüenza para ellos. Ese pensamiento le dio un ligero impulso, permitiendo que su cuerpo recuperara algo de ritmo y continuara su marcha con una regularidad forzada.

Sin embargo, no había mucho que recuperar en el estado en que se encontraba.

A pesar del orgullo que sentía, sabía que su rendimiento no había sido perfecto, y las heridas que portaba eran la prueba viviente de esa imperfección. ¿Cómo seguía de pie entonces? Tal vez, solo tal vez, era su instinto de supervivencia el que aún la mantenía en movimiento. Lo cual era risible e irónico, pues se aferraba a una existencia en la cual solo había sufrido desde el minuto que abrió los ojos por primera vez.

La mujer, con una risa a lo bajo, se detuvo en sus pasos, alzando la barbilla hacia el cielo. Los pasos detrás de ella se empezaron a escuchar más y más cercanos al pasar de los segundos, indicando que quienes la seguían ya se habían cansado de esa insufrible persecución. 

Ella se detuvo en seco, usando la espada vieja que consiguió junto con las botas para apoyarse y mantenerse de pie. Sabía en su  interior que era inútil seguir huyendo, solo terminaría desperdiciando la poca energía que le quedaba.

Agarró el mango de espada y se puso en guardia. Los pasos que se escuchaban a la distancia se aceleraron, al parecer no fue la única en decidir acabar con la persecución de una vez por todas. Cerró los ojos un segundo, orando a su matrona que le permitiera sobrevivir.

Una ligera ráfaga de viento hizo que abriera los ojos, trató de mirar hacia atrás, pero la oscuridad no le permitió ver más allá de unos metros.

Sentía como sus manos temblaban, más por la adrenalina que por miedo. Y su vista empezaba a nublarse con más frecuencia, supo que, si lo alargaba más, su muerte era segura.

Una ráfaga de viento ligera le golpeó la nuca, y casi por instinto, inmediatamente balanceó su espada en esa dirección.

¡Clang!

El sonido agudo de metal golpeándose con otro rompió el silencio. La chica teniendo que dar varios pasos hacia atrás por la gran fuerza con la que su espada chocó con la del asesino. Utilizó su espada para apoyarse por unos instantes antes de repeler el siguiente ataque. Tenía que darse la vuelta a cada momento, pues los ataques venían de todas las direcciones. 

Pero la falta de habilidad en ellos quedaba en evidencia. Sus ataques eran rabiosos y con fuerza, pero demasiado abiertos, dejando ventana para un castigo. En el caso de ella, los castigos eran mortales. La chica no les ganaba por ser más fuerte, sino por ser más hábil, los asesinos parecían reclutas vagabundos que se unieron  a una vida de crimen más por necesidad que por habilidad.

Una espada era recta, de doble filo y terminaba en una afilada punta. La otra tenía un diseño similar, aunque menos robusta, ligeramente curvada y con un mango característico de la región de Hamyong.

Con fuerza, la mujer forzó el roce entre ambas hojas. Su adversario quedó atónito; no podía concebir que alguien a quien creía medio muerto aún poseyera tal energía. En un rápido movimiento, la espada fue lanzada hacia un costado, obligando al hombre a retroceder bruscamente y dejando una abertura en su defensa.

Sus brazos temblaban con violencia. Todo ese esfuerzo era demasiado para su cuerpo debilitado, pero gracias a la intervención de Jesmia, seguía en pie.

—¡Agh!

No dejó pasar la oportunidad y hundió la hoja en el pecho de su enemigo, dejando una herida profunda y brutal. La sangre salpicó sobre la nieve, creando un contraste tan bello como aterrador. El asesino cayó al suelo, su cuerpo convulsionaba, resistiéndose a morir. Sin embargo, esa misma lucha aceleró su final.

Cuando dejó de moverse, no hubo tiempo para celebrar. Otros cinco se acercaban con impaciencia, con ansias de sangre. Pero la única que verían sería la suya.

Algo dentro de la guerrera se encendió. Un frenesí la invadió, y ahora que había acabado con uno, no descansaría hasta que todos cayeran. Debía aprovecharlo.

Sus enemigos lo comprendieron. Su estrategia cambió, y en lugar de atacarla uno por uno, se abalanzaron sobre ella simultáneamente. La ventaja estaba de su lado, a ella solo le quedaba defenderse.

Los golpes y estocadas vinieron de todas direcciones. Apenas podía esquivarlos con sus reflejos y su espada de baja calidad.

—¡Ugh!

No lo vio venir. Bajó la guardia por un segundo y recibió un golpe directo en el rostro. El dolor le llego hasta la nuca. El codo de su enemigo se clavó en su mejilla con brutalidad. Sus dientes vibraron con el impacto, y el sabor metálico de su propia sangre inundó su boca. Al menos, eso sirvió para traerla de vuelta a la realidad.

Retrocedió de inmediato, esquivando otro codazo. Ella admitió en su mente que pocas cosas tenía para presumir, pero su belleza era una de ellas, y no permitiría que la dañaran.

Los maldijo.

Zas.

Un rápido tajo bastó para abrir la garganta de su atacante. El hombre se llevó las manos al cuello con horror mientras su sangre brotaba. Antes de que pudiera caer, una patada lo impulsó hacia uno de sus compañeros, derribándolos a ambos.

Una sonrisa fugaz cruzó su rostro, permitiendo que saboreara el sudor que se deslizaba por su rostro. Era difícil, pero poco a poco podría acabar con ellos.

O al menos eso creyó.

Se confió demasiado. Una de las cosas que la mujer no tenía era humildad.

Un enemigo embistió con su espada, y la fuerza del impacto la hizo tambalearse. Su cuerpo, pequeño en comparación con la musculatura de su oponente, tembló bajo la presión. Sus brazos parecían hechos de hojas secas, a punto de ceder. Si lo hacía, la espada del enemigo le separaría la cabeza del cuerpo.

En un acto desesperado, obligó a que ambas hojas se separaran.

No.

No debió hacer eso.

Fue un error.

—¿Cómo pude…?

¿Cómo diablos pudo cometer un fallo así?

No…

¡No!

Un golpe brutal la lanzó hacia atrás. Su cuerpo cayó en la nieve con violencia. ¿La habían golpeado? Un ardor lacerante se extendió por su abdomen. Trató de levantarse, pero el dolor la paralizó.

Llevó la mano a su estómago. No podía ver nada, pero sus dedos encontraron humedad.

Sangre.

No solo la habían golpeado. El filo de la espada la había herido.

Maldijo nuevamente.

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Al fin logré terminar este capítulo, lo díficil es empezar xd
Miss aquarius

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