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CAPITULO 104

“Su Majestad, ¿está usted durmiendo?”, preguntó en la oscuridad de la noche.

Las sábanas crujieron cuando Kasser giró su cuerpo para mirarla correctamente una vez más.

“No. ¿Qué pasa?” preguntó.

“Me temo que es algo desagradable” comenzó lentamente, intentando no sorprenderlo a tan hora. “El día que desaparecí en el desierto, Su Majestad me dijo que me llevé algo a escondidas. Por favor, dígame qué era.”

Kasser se incorporó con el codo apoyado contra el colchón.

“…¿Por qué preguntas eso?”

“Ya que lo hice yo, tengo que saberlo.” Se encogió de hombros, intentando hacerlo pasar por curiosidad de su parte.

Eugene sabía que no podría dormir hasta que hablara de lo que la preocupaba, lo que la había preocupado durante tanto tiempo desde que llegó a este mundo. Fue un shock para ella haber adoptado la forma de Jin Anika, la Reina de Mahar, y ahora, a su lado, yacía el Cuarto Rey de Mahar, el Rey Kasser.

Honestamente, ella era la novelista que creó este mundo, pero eso no significaba que lo supiera todo. Desde su llegada, había buscado la respuesta a qué había robado Jin. Pero para todos los demás, ella era y siempre había sido Jin Anika, quien había perdido la memoria.

Ella sabía que el rey tenía la respuesta, pero no estaba segura de si estaría dispuesto a dársela.

Kasser ya había decidido mantener el asunto en secreto, pues no quería volver a hablar de ello con ella. Admitir la verdad del robo significaría que tendría que decirle de dónde lo robó: del tesoro.

Y si ella supiera de su existencia, no tenía ninguna duda de que querría ir a comprobarlo ella misma.

Temía que, si lo hacía, despertaría sus recuerdos, y por eso se negaba a volver a sacarlo a colación. Además, para asegurar que no recuperara la memoria, había cerrado el lugar.

Es cierto que había pasado bastante tiempo desde que perdió la memoria, y no parecía que fuera a recuperarla pronto. Aunque sabía que debería sentirse aliviado, no podía evitar sentirse más ansioso cada día que pasaba.

Cualquier cosa podía hacer que recuperara la memoria. Si se topaba con un solo detonante de su pasado, temía lo que sucedería si lo recordaba todo. Incluso sus preguntas le causaban un mal presentimiento.

No quería que sus recuerdos regresaran. Necesitaba asegurarse de que la casa del tesoro no representara ninguna amenaza. Debía cortar esto de raíz.

“No es nada importante” dijo Kasser evadiendo el tema mientras se dejaba caer de nuevo en la cama.

Eugene giró la cabeza. Podía distinguir su silueta vagamente en la oscuridad, con la mirada fija en el techo mientras lo observaba con recelo. Era evidente que él evitaba la pregunta.

“Majestad, por favor, necesito saberlo. Aunque no lo recuerde con claridad, fue culpa mía. Estoy segura de que estaba furioso conmigo. ¿Debo entender que me culparon en ese momento aunque no fuera nada?” lo desafió.

No parecía que fuera a dejarlo pasar tan fácilmente. Kasser finalmente abrió los ojos con un suspiro, dudando por un momento qué decir e inventó una excusa, solo para evitar que ella siguiera preguntando.

“Era una joya.”

“¿Una joya?”

“Un collar que se ha transmitido de generación en generación en la familia real. Las joyas pasan de una reina a otra. Siempre que hay una boda o una coronación, es tradición que la nueva reina lo use. Si bien pertenece a la familia real, solo la reina puede usarlo.”

En circunstancias normales, jamás mentiría, pero en una situación inevitable como esta, tampoco se atrevería a decir una mentira descuidada. Si tenía que mentir, lo haría con maestría.

Una mentira perfecta se construye con hechos, una mezcla de lo que es verdad con detalles inventados.

Ahora bien, ese collar sí existía, pero seguía guardado a buen recaudo en la casa del tesoro, a diferencia del que ella perdió, del que él jamás se lo revelaría. También prohibió a sus súbditos que le contaran nada remotamente relacionado con la casa del tesoro y el tesoro nacional desaparecido: una semilla de alondra anormalmente grande.

Por eso, si le preguntara a alguien, incluso a Marianne, sobre el collar, debería poder responder adecuadamente.

Eugene, por otro lado, sólo continuó escuchándolo con una expresión dudosa en su rostro.

“¿Qué tipo de collar?”

“Un collar adornado con siete diamantes de diferentes tonos, tallado en forma de velo.” Entonces extendió la mano, suspendida sobre su pecho. “Casi podría cubrirte el cuello entero” comentó.

Eugene se preguntaba qué clase de alboroto se habría armado por esto. Era solo un collar. Pero cuanto más lo pensaba, más comprendía la importancia del artefacto.

Se imaginó usándolo, imaginando el collar adornando su cuello, brillando con la luz reflejada en los diamantes que lo envolvían por completo. Podía imaginar las pequeñas piedras preciosas con las que estaba elaborado. ¡Podría haber docenas, no, incluso cientos de esos diamantes para componer el collar!

Apenas podía imaginar cuánto costaba realmente. Sin mencionar las implicaciones históricas de una joya así, que había pasado de generación en generación en la Familia Real de Hashi.

Sólo podía ser un bien inestimable.

“Eso no parece ser nada insignificante…” murmuró preocupada tras su explicación, bastante desanimada por el tesoro perdido. “Lo siento mucho, no recuerdo dónde está.” Su disculpa fue sincera.

Pero la otra simplemente encogió de hombros y ignoró sus preocupaciones.

“Ya hace tiempo que se perdió. Olvídalo” le aseguró.

Sin embargo, Eugene no pudo evitar sentirse avergonzada por tal pérdida.

 

 

 

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Yree

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