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CAPITULO 93

Mientras el carruaje estaba en movimiento, Eugene hizo conjeturas sobre la clase guerrera, una jerarquía de clases que ocupaba una posición especial en Mahar.

En primer lugar, sus físicos eran iguales. Los cinco, incluyendo a Sven, tenían aproximadamente la misma altura y tamaño.

Aun así, al colocar al rey junto a ellos, se notaba al instante la diferencia, ya que Kasser les sacaba una cabeza. Sin embargo, algunas de las personas que pasaban por la plaza tenían un físico similar al de los guerreros. Por lo tanto, era justo decir que el físico de los guerreros se consideraba promedio en Mahar.

En sus muñecas llevaban pulseras hechas de un fino cordón de cuero negro con cuentas, lo que, supuso, designaba su clase.

No todos podían convertirse en guerreros o caballeros solo porque lo deseaban. No se les elegía únicamente por su fuerza o físico. Más bien, se les confería un talento extraordinario desde su nacimiento.

Podían almacenar un tipo especial de energía en su arma. Aunque su habilidad no se acercaba ni de lejos al Praz del rey, podía ser letal para el mayor enemigo del reino: las Alondras que asolaban la vasta extensión del desierto.

Los guerreros podían adquirir habilidades mediante la visión y fortalecerlas con el entrenamiento. El rey otorgaba la visión a los guerreros y los entrenaba para que se convirtieran en armas del reino.

Cuando los guerreros blandían sus espadas, estas cortaban a sus objetivos con gran poder. Sus ataques eran mucho más destructivos, pero consumían menos energía en cada golpe que los de la gente común.

Aunque eran armas humanas letales, no representaban una amenaza para el mundo, pues solo estaban destinadas a atacar a las Alondras. Por lo tanto, se les impondrían severos castigos si se demostraba que dañaban a un civil.

En la novela se daba a entender que las habilidades de los guerreros eran hereditarias, pero…

Que el padre fuera guerrero no significaba que el hijo también lo fuera. Sin embargo, para manifestar el poder de un guerrero, era necesario que hubiera al menos un guerrero en la ascendencia familiar.

Aun así, la configuración que he creado no encaja perfectamente así que… ¡quién sabe!

Pronto, Eugene sintió que el carruaje se detenía. Corrió las cortinas y vio el árbol en la plaza.

Al llamar a la puerta del carruaje, Sven la abrió inmediatamente.

“Señor Sven, pase. Tengo una pregunta.”

“…Sí, Maestra.”

Tras un instante de vacilación, el guerrero entró en el carruaje, dejando la puerta abierta.

El vehículo era tan espacioso que, incluso en posición sentada, las rodillas no entraban en contacto con las de la persona sentada frente a él.

Eugene le pidió a Sven que se sentara y le preguntó: «¿El rey te dijo algo en particular?»

No le pidió permiso al rey antes de salir del castillo hoy, porque él le dijo que no era necesario. Por lo tanto, Eugene le encargó todos los preparativos, como la elección de los guardias y las decisiones sobre la excursión, a Marianne.

Sin embargo, Eugene sabía que hacer algo sin ser notado por el rey era imposible ya que Marianne y los guardias estaban bajo el control del monarca.

No podía preguntar abiertamente: «¿Me dirás dónde fui y qué vi?». Así que se anduvo con rodeos.

“Me dijo específicamente dónde no ir”.

“¿A dónde no ir?”

“Sí, Su Gracia. Me ordenó que le impidiera ir al depósito, la casa del tesoro.”

No fue una orden secreta ya que Kasser le había instruido claramente a Sven: “Si la reina todavía insiste en ir, dile que no lo permito”.

Así pues, Sven se confesó libremente con la reina.

“¿El depósito? ¿Está cerca de aquí?”

“No, Su Gracia. Queda un largo camino por delante.”

“¿Por qué pensaría que querría ir al depósito…?” Eugene recordó de repente la conversación que tuvo con el rey.

¿Será porque cree que podría poner a prueba a mi Ramita con las semillas? Eso fue hace tanto tiempo que lo había olvidado por completo.

Ese hombre no olvida nada. En verdad, ser su enemigo sería problemático.
«¿Hay algún otro lugar al que no pueda ir?»

«No, Su Gracia.»

“¿No dijo nada más?”

“Aparte del depósito, nada más, Su Gracia.”

“Hoy planeo… ir a la calle que visité por última vez”.

Eugene no dio ninguna razón, pero observó atentamente la reacción de Sven. “Sí, mi reina”, respondió el guerrero, sin rastro alguno de sospecha en su rostro.

Poco después, se bajó del carruaje con Sven a cuestas. Luego, se dirigieron hacia la calle donde estaba la posada cerrada.

La bulliciosa plaza los recibía. La gente parecía disfrutar del breve momento de paz. A pesar de la temporada alta, las Alondras no habían atacado las murallas del reino durante cuatro días seguidos.

Al igual que la vez anterior, en las calles, numerosos trabajadores seguían trabajando diligentemente a esta hora tardía de la noche.

Sin embargo, había una diferencia con respecto a su salida anterior. Esta vez, Eugene notó que la gente la observaba a ella y a sus guardias, y algunos daban un rodeo para evitar a su grupo.

Parecían encontrarlos inusuales. Se preguntó si la gente sabía que su compañía estaba compuesta por guerreros, así que revisó las muñecas de los guardias. Sus brazaletes estaban metidos dentro de los puños; no podía verlos.

Aunque la gente no sepa que son guerreros, a simple vista, no parecen ser plebeyos. Yo también tendría cuidado y evitaría acercarme a ellos.

Llegó frente a la posada cerrada. Eugene observó la posada, que no había cambiado desde su última visita.

Miró fijamente la ventana, sellada con madera y clavos. Nada nuevo le vino a la mente.

Eugene caminó deliberadamente por el edificio un rato, como si tuviera algún asunto pendiente que atender. Mientras lo hacía, sus ojos recorrieron el lugar, examinando su entorno.

No puedo venir aquí sin que nadie se entere. Si quiero que me noten, mejor aprovecho esta situación.

El hombre que vio en el recuerdo de Jin o cualquier otra persona relacionada con este edificio debe estar cerca. Seguramente la notarán y reaccionarán al ver a un grupo sospechoso husmeando en su casa.

 

 

 

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Yree

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