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MNM – Episodio 99

 

[‘Madre, creo que es la primera vez que escribo una carta así.’]

La carta comenzaba con esa frase.

Quedaban marcas de tinta en la carta, como si hubiera sido escrita con vacilación o después de mucha reflexión. Las marcas de tinta, las palabras largas y dilatadas, revelaban fragmentos de la angustia de César.

La Gran Dama se mordió los labios con fuerza.

Tampoco ella le había enviado nunca una carta a César.

César le inspiraba lástima, pero también resentimiento. La Gran Dama, que tenía dificultades para cuidar a su hijo y era mentalmente inestable, lo soltó todo y el niño no pudo dejar de percibirlo, por lo que César se distanció de ella.

<“Parece que mi madre me odia, niñera.”>

<“¿Cómo puede ser eso posible? Es porque su madre está pasando por un momento muy difícil ahora mismo.”>

Aunque ella escuchó la conversación a escondidas, apartó la mirada, fingiendo no darse cuenta.

Aunque tenía curiosidad por saber cómo estaba creciendo el niño, no intentó averiguarlo por su cuenta, así fue la larga vida que vivió. Para la Gran Dama, el mero hecho de soportar su existencia ya era bastante arduo, sin embargo, incluso después de que César creciera sano y salvo y ascendiera a la posición de Gran Duque, ella seguía sin poder morir…

Fue por César.

Si él no lograba convertirse en Emperador, estaba destinado a morir. Cualquiera que fuera el destino de César, la Gran Dama quería estar con él, por eso había soportado esa vida cruel hasta ahora.

La Gran Dama apenas logró leer la siguiente frase.

[‘El padre Fidelis dijo que debo perdonarme. Solo perdonándome a mí mismo podría comprender el corazón de madre. ¿De verdad es así? Creía que mi madre me odiaba, y por eso me odiaba a mí mismo. Si tan solo madre no hubiera sido así…’]

César, que nunca había pronunciado esas palabras correctamente, pareció tropezar con las palabras. Su vida de caballero no siempre había sido de prosa refinada, pero nunca la había interrumpido así. La Gran Dama acarició la carta con la mano, como sintiendo a César sobe ella y sintió como si su corazón se hubiera partido en dos y estuviera sangrando.

‘¿Odiarte a ti mismo?’

Eso no era lo que ella quería. La Gran Dama no podía amar a César con todo su corazón, pero no quería que su hijo albergara esos sentimientos por sí mismo. César…César no debería haber hecho eso. La Gran Dama se movió en su asiento y luego se desplomó.

Lágrimas de aturdimiento corrieron por su rostro.

Mientras la Gran Dama se había encerrado, el niño no había crecido en absoluto, solo creció físicamente. Fue la Gran Dama quien hizo que César creciera con tanto dolor.

“No debería haber hecho eso, César. Pensar que te odiarías a ti mismo… No era esa mi intención…”

Las lágrimas de la Gran Dama cayeron sobre la carta y empaparon la tinta seca.

[‘Madre, si de verdad no me odias, por favor, ven a la Capital Imperial. Irenea está embarazada.’]

La Gran Dama respiró hondo.

La joven llamada Irenea, tan pálida y hermosa, le vino a la mente, a diferencia de los norteños, era tan pequeña y delgada.

‘¿Esa chica está embarazada?’

<“No pienses en el bebé como un medio para un fin.”>

¿Estaba la Gran Dama cualificada para decir algo así?

[‘Irenea preguntó por madre. Es una persona que nunca ha tenido hijos, ni familiares que la cuiden. Si a madre le parece bien, me gustaría que viniera a la Capital Imperial, aunque solo fuera por el bien de Irenea… O por el bien del bebé que está por nacer, por favor. Me gustaría escuchar el resto de la historia cuando venga.’]

La Gran Dama tragó saliva.

[‘El Hijo de madre, César Benoit Lizandros.’]

Las lágrimas brotaron de repente.

A pesar de eso, César seguía llamándose a sí mismo hijo de Diana. La Gran Dama no pudo evitar la palpitación de su corazón. Las doncellas la miraban con preocupación mientras sollozaba y se golpeaba el pecho, no sabían qué pasaba, pero en ese momento la Gran Dama se veía tan intensa, como si estuviera desahogando todo lo que había acumulado por dentro.

La doncella, aterrorizada, llamó a la jefa de doncellas, e incluso el mayordomo principal se acercó, pero la Gran Dama no pudo contenerse. La jefa de doncellas se sentó con cautela junto a la Gran Dama.

“Gran Dama…” (jefa de doncellas)

“Yo lo hice… Empujé a ese niño al infierno. ¿Sabes lo duro que es odiarse a uno mismo? Ni siquiera yo podía soportarlo, así que me encerré… ¡Lo obligué a pasar por lo mismo! ¡A ese pequeño niño!”

“Gran Dama…” (Jefa de doncellas)

La jefa de doncellas abrazó a la desesperada dama con el rostro lleno de lágrimas, las heridas de la Gran Dama inundaron la habitación, extendiéndose hacia el exterior, las doncellas giraron la cabeza y rompieron a llorar. El nacimiento de César fue una alegría para Benoit, pero detrás de ello se escondían el dolor y las lágrimas de la Gran Dama.

Los ojos de la jefa de doncellas también se enrojecieron y giró la cabeza.

“Está bien. Su Alteza el Gran Duque ha crecido muy bien, se ha convertido en una persona recta y honesta.” (jefa de doncellas)

La jefa de doncellas intentó consolar a la Gran Dama.

“Hablaba tan rápido de pequeño, aprendió a hablar antes que otros bebés de tu edad, era tan curioso y ansioso por saber y querer aprender, así que supongo que por eso creció tan inteligente. Y se veía tan majestuoso cuando montaba a caballo. Nunca había visto un bebé tan guapo.” (jefa de doncellas)

La jefa de doncellas desenterró viejos recuerdos.

Los sirvientes, que conocían la tragedia de Benoit, hicieron todo lo posible por cuidar de César y de la Gran Dama, incluso hicieron lo que la Gran Dama no pudo hacer. La jefa de doncellas crió a César, acunándolo y arrullándolo personalmente. El mayordomo principal llamaba a maestros para que enseñaran a César y, compadecido por César, que comía solo, invitaba a jóvenes señores del norte a fiestas.

O invitaba al Padre Fidelis, para aliviar la soledad de César.

La jefa de doncellas le contó esas historias a la Gran Dama.

“Aún no es tarde, Gran Dama…” – Murmuró la jefa de doncellas. – “Siempre es temprano cuando crees que es demasiado tarde. Aún no es demasiado tarde.”

La jefa de doncellas consoló a la Gran Dama.

“…Iré a la Capital Imperial.”

La Gran Dama habló con voz llorosa. La carta, aferrada a su mano como un salvavidas, le sonreía.

“Tengo que ir a verlo con mis propios ojos.”

“…Sí, Gran Dama.” (jefa de doncellas)

“Mayordomo Principal.”

Lágrimas transparentes corrían por el rostro de la Gran Dama.

“…Dicen que Irenea está embarazada. Nacerá un nuevo Benoit, así que prepárense bien.”

¡Un niño!

Iba a nacer la próxima generación de Benoit. César, que siempre se movía torpemente, había crecido y se convertiría en padre. El mayordomo principal, abrumado por el pesar, asintió vigorosamente.

“¡Sí…! ¡Gran Dama!” (Mayordomo)

Era una feliz noticia que por fin había llegado a Benoit después de tanto tiempo.

 

* * *

 

“Madre vendrá.” (César)

César le dijo a Irenea, con el rostro marcado por haber hecho la tarea más difícil hasta el momento. Irenea, tumbada boca arriba, sonrió alegremente, apoyando la cabeza en el brazo de César.

“Sabía que lo haría.”

“Yo no lo sabía.” (César)

“Es posible, porque yo pude ver cosas que César no pudo. Lo hiciste bien, César. Tomaste la decisión más difícil.”

Irenea abrazó a César con fuerza por la cintura, el aroma de César impregnó sus pulmones por completo. Mientras tanto, Irenea reflexionaba cuidadosamente en su mente sobre la conversación que había tenido con Bigtail hacía poco.

La decisión de Irenea era absolutamente acertada.

Rasmus recibiría su justa recompensa y la tribu Yi encontraría una nueva vida. Pero nunca imaginó que instigar la muerte de alguien sería una carga tan pesada para su corazón. Lo era aún más porque siempre lo había considerado una obligación.

Era inevitable que algo persistiera en su mente después de haber hecho una tarea. Parece que Rasmus está decidido a quedarse con Irenea por encima de todo, incluso si eso significaba la muerte. Sin embargo, ese asunto debería haber sido resuelto por Irenea, tal y como se había acordado inicialmente.

Porque César tenía que convertirse en el Emperador perfecto.

¿Por qué un gobernante corrupto debería reinar en una situación tan caótica? César no necesitaba saberlo. Bigtail e Irenea eran suficientes.

César pensaba en la Gran Dama, no había pensado que ella vendría, sintió que su valentía había sido recompensada. César hundió el rostro en el cabello de Irenea, se sentía como si estuviera enterrado en una constelación de estrellas plateadas.

Irenea era el verdadero amor de César.

Fue como un regalo.

Un regalo del cielo para salvar a César.

Los dos, acostados en la misma cama, seguían con sus sueños diferentes hasta bien entrada la mañana.

 

* * *

 

Bigtail caminaba a paso ligero.

Los miembros de la tribu Yi, que se convirtieron en humanos, no solo residían en el norte. Siguiendo sus huellas desde el norte, llegó a la Capital Imperial y también al sur. Ahora que conocía el secreto, la búsqueda no fue difícil.

“¿Eres Iza?”

“Sí, señor Bigtail.” (Hombre Yi)

Bigtail miró al hombre arrodillado con una mirada fría.

“He oído que eres de la tribu Yi.”

Los hombros del hombre se estremecieron. El miedo llenó el rostro del hombre que levantó la cabeza. Era difícil creer que él fuera la tribu Yi que había destrozado salvajemente a los norteños durante la temporada de desove. Bigtail rió entre dientes.

“Es realmente genial.”

“… ¿Va a matarnos a todos ahora?” (Hombre Yi)

“¿Hay alguna razón para eso? Sé que podemos comunicarnos, así que tenemos que negociar.”

Bigtail rechinó los dientes con rabia, era porque los sacrificios que había hecho el Norte estaban presentes en su mente.

Pero el hombre de origen Yi también albergaba animosidad hacia el Norte, había presenciado la masacre de niños que ni siquiera habían nacidos y la muerte por la espada de su familia ante sus ojos.

Una poderosa chispa surgió entre ambos.

“Eso no será fácil.”

Frederick, que había acompañado a Bigtail, suspiró.

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