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MNM – Episodio 96

 

Irenea y César recibieron regalos del Emperador en reconocimiento a sus logros, incluían una bandera, una espada con el escudo familiar y una tiara.

La expresión del Emperador era un poco sutil.

Quizás se debía a que el esplendor de Rasmus, a quien él apoyaba, estaba decayendo, mientras que César estaba pasando a primer plano. Irenea encontró la estupidez del Emperador realmente divertida, dedicarse tan completamente a Rasmus, solo para ser descartado al final.

“…Los felicito por su contribución en la lucha contra la epidemia y en la prevención de la propagación de la enfermedad.” (Emperador)

Hubo otras palabras más largas, pero Irenea las dejó pasar, ese no era el punto en ese momento. Irenea miró furtivamente hacia atrás, quería ver la expresión de Rasmus mientras estaba allí de pie.

Y entonces…

Sus miradas se encontraron.

‘… ¿Por qué? ¿Me echas de menos?’

Precisamente, Rasmus estaba en primera fila porque era el favorito del Emperador y la forma de su boca se leía a la perfección. Irenea sintió asco y giró la cabeza hacia adelante.

¡Me echas de menos!

Quería ver su rostro distorsionado, pero había olvidado algo sobre Rasmus.

Ese hombre era el tipo de persona que seguiría presumiendo incluso en los últimos momentos de su vida. Junto a Rasmus, Karolia permanecía de pie, con el rostro prácticamente agonizante. Aunque estaba embarazada, solo se le notaba el vientre, mientras que su rostro estaba demacrado, lo que sugería que estaba sometida a una tensión extrema.

Después de todo, Rasmus no habría tratado a Karolia con tanta crueldad, ahora era su preciada amante, destinada a darle un heredero.

Irenea, tras considerarlo, sonrió fríamente.

En su vida pasada, cuando ella concibió, tenía un rostro radiante y feliz, a diferencia de ahora. El rostro que tenía cuando nombró a Irenea su doncella y le ordenó que le lavara los pies seguía vívido en la mente de Irenea, ella había estado ansiosa por humillar a Irenea de cualquier manera posible.

Y eso que Irenea nunca había sentido algo por alguien como Rasmus.

“Ustedes dos, pónganse de pie.” (Emperador)

El Emperador, tras leer un largo discurso, les hizo un gesto. César tomó la mano de Irenea y la ayudó a ponerse de pie.

Irenea y César se giraron hacia los demás, inclinándose ante las innumerables miradas que los observaban. Los nobles, sin importar su facción, estallaron en aplausos. Todos habían podido superar esa plaga gracias a Benoit.

Era imposible no sentir una oleada de admiración.

Y pronto los aplausos Césaron.

El padre Fidelis entró portando una bandera. Las miradas de todos se posaron en el sacerdote Fidelis, que cojeaba a un ritmo lento. El templo había delegado la organización de la ceremonia en el Padre Fidelis, quien había sido el que más había contribuido.

Su objetivo es lograr el efecto promocional del templo

La gente esperaba con expresiones reverentes la entrada del sacerdote Fidelis.

Irenea dio un paso al frente, con su cabello plateado ondeando y cayendo como olas, una corona hecha de rosas trepadoras fue colocada sobre la cabeza de Irenea, que se encontraba arrodillada. La rosa trepadora era la flor que simbolizaba a Khaleesi.

“El templo central reconoce a Irenea Benoit Lizandros como la única Santa canónica, el poder sagrado de Lady Irenea es incomparable que no tiene precedentes, y está claro que ha sido bendecida por la gracia de Khaleesi. De ahora en adelante, Lady Irenea será tratada como una Santa en el templo y vivirá como hija de Khaleesi.” (Fidelis)

La profunda voz del Padre Fidelis resonó por el salón. El sello del templo estaba impreso al final del largo edicto escrito por el sumo sacerdote. En cuanto el Padre Fidelis terminó de leer, una llama azul estalló, consumiendo el papel con fuerza y la multitud silenciosa estalló en vítores.

Irenea se puso lentamente de pie.

En ese momento, sintió un mareo.

Sintió un fuerte aroma, como si se hubiera hecho algo para realzar el aroma de las rosas trepadoras, el aroma intenso le atravesó la nariz, sintió como si sus pulmones se agitaran y sus entrañas se revolvieran. Irenea sacudió la cabeza, pero como si estuviera mareada, su estómago revuelto no mostró señales de mejorar.

Irenea agarró a César sintiendo que se le nublaba la vista. Sobresaltado, César ayudó a Irene a levantarse.

“¿Irenea?” (César)

“Espera… Un momento, me siento mareanda… ¡Uf!”

Irenea se inclinó hacia adelante y vomitó, la corona de rosas cayó de su cabeza y los sacerdotes corrieron hacia ella.

“¡Llamen a un médico de inmediato!” (César)

César alzó la voz y la Emperatriz apremió a sus damas de compañía. Todos los médicos del palacio fueron convocados. El sacerdote Fidelis agarró la mano de Irenea, que estaba en los brazos de César, con mano temblorosa, pensando que podía ser que su salud se haya deteriorado por consumir demasiado poder sagrado.

Podría haber sido su salud la que se había arruinado por el agotamiento.

El poder sagrado era un poder que originalmente no podía ser contenido en un cuerpo humano.

E Irenea tenía demasiado poder.

“Su Alteza, Su Alteza la Gran Duquesa… ¿me oye?” (Fidelis)

“Mi estómago, mi estómago… Huele mal.”

Irenea vomitó todo el tiempo, mientras César abrazaba a Irenea con el rostro pálido.

“Irenea…” (César)

El médico, incapaz de resistir las prisas de las doncellas, llegó poco después y comenzó a examinar a Irenea. Debido a que la paciente se resistía, el examen procedió rápidamente. El médico le tomó el pulso varias veces y luego le hizo varias preguntas a César.

La última pregunta fue probablemente la más importante.

“¿Existe la posibilidad de que esté embarazada?” (Médico)

Los ojos de Irenea se abrieron de par en par y se quedó petrificada.

César preguntó con expresión desconcertada.

“¿Qué quiere decir?” (César)

“Parece que la dama está embarazada. Aunque no parece ser hace mucho tiempo, tal vez las dificultades recientes le hayan provocado náuseas matutinas.”

Irenea dejó caer la mano.

‘¿Embarazada?’

Finalmente se dio cuenta de que nunca pensó que realmente quedaría embarazada. Irenea y César se miraron fijamente e Irenea murmuró:

“Un niño…”

Todos los sacerdotes presentes se arrodillaron en el suelo e inclinaron la cabeza.

“¡Es el niño profetizado por Khaleesi! ¡El protagonista de la profecía nacerá! ¡Felicidades, Su Alteza el Gran Duque! ¡Felicidades, Su Majestad el Emperador!”

Una oleada de vítores y aplausos llenó la sala. Irenea se agarró el bajo vientre mientras César tomaba la mano temblorosa de Irenea.

“Todo irá bien.” – César le susurró a Irenea. – “De verdad, todo irá bien. Definitivamente los protegeré a ti y al niño.”

Irenea asintió. No sabía por qué, ¿por qué, en ese momento en que debería estar regocijándose, la invadían la tristeza y el miedo? ¿Por qué Rasmus, al volver a mirarla a los ojos, sonreía como si estuviera divertido?

Irenea se sintió perdida de nuevo.

‘Lo siento, hijo mío…’

Se odiaba a sí misma por ser incapaz de alegrarse de todo corazón, que lo primero que vea son las innumerables cadenas impuestas a ese niño era sin duda porque Irenea era una filistea. Irenea derramó lágrimas, pensando en que las cargas que le aguardaban eran demasiado pesadas para un bebé recién concebido.

Irenea también tuvo la absurda idea de que ese niño sería de ayuda para César, fue solo un momento fugaz, pero suficiente para aumentar su culpa.

La concepción del bebé se anunció durante la grandiosa coronación de la Santa.

La reputación de Irenea y Benoit se fortaleció aún más.

Innumerables personas se inclinaron ante César.

 

* * *

 

Gracias a los cuidados de esa noche, Irenea pudo encontrar paz. Irenea juró criar al bebe con amor y protegerlo de ser explotado por otros.

Con César a su lado, no sentía miedo alguno.

Pero ¿por qué Irenea pensaba en la Gran Dama en ese momento?

Las palabras de la Gran Dama de Benoit estaban grabadas en su mente, negándose a irse. La Gran Dama de Benoit le había advertido que no usara al niño como un medio para un fin.

“… ¿Qué tal si traemos a la Gran Dama?”

César, que estaba pelando fruta para Irenea, hizo una pausa.

“¿Qué?” (César)

“La Gran Dama. ¿Qué tal si la traes? Yo también necesito que alguien que me cuide…”

“Haré como que no hubiera escuchado eso.” (César)

César le habló a Irenea con frialdad por primera vez, pero luego, como si se hubiera dado cuenta, suavizó rápidamente su voz.

“Ella nunca dejará Benoit, ese es el mundo de mi Madre.” (César)

“Pero… César.”

“No quiero hablar más de ese tema.” (César)

César le entregó la fruta a Emma y se levantó de su asiento. Quería irse, para no enojarse con Irenea.

Pero en cuanto se giró para mirarla, César se dio cuenta.

Irenea jamás se rendiría, Irenea tenía una expresión obstinada, miró a César con una mirada llena de insatisfacción, como si las palabras que quería decir estuvieran atascadas.

César se obligó a ignorarla y huyó de la habitación.

Aquello fue realmente una huida.

Irenea suspiró profundamente.

“Su Alteza la Gran Duquesa…” (Emma)

“No pasa nada, no tienes que poner esa cara. No pensé que sería fácil, solo pensé que la Gran Dama también necesitaba una oportunidad. Si es el hijo de César, si es el hijo de Benoit, quizá podamos conmoverla.”

“… ¿Quiere ayudarla?” (Emma)

“…Presencié el momento en que la vida del Padre Fidelis pendía de un hilo y he visto innumerables muertes. Nadie es indiferente a la muerte. Solo se arrepienten de sus vidas pasadas una y otra vez.”

Y también fue así para Irenea.

Irenea tuvo la oportunidad de compensar ese arrepentimiento, pero no todos tienen esa oportunidad.

“Solo espero que la Gran Dama se arrepienta un poco menos.”

Emma, ​​comprendiendo lo que Irenea quería decir y puso una expresión triste.

Irenea contuvo el aliento con angustia.

‘¿Cómo puedo desenredar el hilo de este ovillo?’

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